21 noviembre 2017

Supongo que la mayoría de los que me leeis aquí no teneis porqué saber cómo se llega a profesor titular de universidad o a catedrático. Os lo cuento brevemente para que luego se pueda comprender una historia que está pasando.
En la universidad pública en España hay dos grandes grupos de profesorado (formalmente PDI, personal docente e investigador): laborales y funcionarios. Dentro de los laborales hay variantes del tipo de contrato, desde fórmulas a tiempo parcial hasta una figura llamada “contratado doctor” que es a lo más que se puede aspirar en esta modalidad. Dentro de los funcionarios, actualmente sólo se convocan plazas de dos categorías: profesor titular de universidad (PTU) y catedrático de universidad (CU).
El caso es que para llegar a PTU o CU en España es necesario pasar por dos pruebas. La primera se llama “acreditación” y sólo si la superas es posible presentarse a la segunda. Hace unos años, cualquier persona podía presentarse a una plaza de funcionario, hoy sólo pueden los previamente acreditados. Es, por tanto, una prueba de todo o nada.
El problema viene de los criterios que se aplican para que te consideren digno de acreditación. Se consideran varios apartados y entre ellos, como es lógico, destacan la docencia y la investigación. Cuando yo me presenté a catedrático, en la parte de investigación alcanzabas la máxima puntuación con 25 artículos de “nivel internacional”.
Muy recientemente, los criterios han cambiado y, por resumir, se han duplicado como mínimo. Hoy, en mi área, son necesarios 50 artículos para conseguir un “nivel A” (el más alto) en investigación. ¿Qué ha pasado para que, de repente, se considere que hay que duplicar [1] los requerimientos para la acreditación? Nadie lo sabe, pero los efectos en los profesores jóvenes son demoledores y mencionar algunos es el objetivo de este artículo.
El primero es el efecto a nivel personal: gente que había trabajado años y que estaba cerca de llegar a los requisitos ve que, de repente, el listón se les pone al doble de altura. No sólo es el incremento de la dificultad, sino la sensación de inseguridad jurídica, de arbitrariedad y de ausencia absoluta de transparencia. ¿Quién les dice que cuando consigan, dentro de años, llegar de nuevo, no se volverán a cambiar a peor? Ahora, el efecto conseguido con gran eficacia es el desencanto y la sensación de que han jugado sucio contigo, con tu vida profesional y personal.
El segundo son efectos globales. Por ejemplo, hacia el 2012 se paró la convocatoria de plazas de funcionario y no hubo reposición de las jubilaciones lo que acarreó, bien la reducción de plantilla en las universidades, bien la convocatoria de plazas sólo laborales. Hace tres años se abrió la posibilidad de convocar plazas nuevas de funcionario y la inmensa mayoría se han dedicado a dar salida a la gran reserva de acreditados que habían seguido haciendo sus deberes durante el periodo de sequía y que estaban esperando que se les permitiera promocionar académicamente.
Ahora se ha optado por una vía diferente: se permite la convocatoria de plazas pero se dificulta inmensamente la acreditación. El efecto a medio plazo será el mismo: probablemente las plazas de los funcionarios jubilados se extinguirán y, en el mejor de los casos, serán sustituidas por plazas laborales. Aparte de cortar drásticamente la carrera académica, habrá un efecto interesante (por llamarlo de alguna manera): por ley, la plantilla de una universidad debe estar formada por un mínimo del 51% de funcionarios (art. 48.4 de la Ley Orgánica de Universidades). ¿Qué pasará cuando las universidades incumplan masivamente esa ley, no porque quieran sino porque no pueden?
Mientras tanto, las universidades privadas no tienen estas dificultades ya que el 51% mencionado no se les aplica y pueden funcionar sólo con profesores en régimen laboral. Sólo se les pide que el 50% sea doctor y que, de estos, el 60% esté acreditado (pero no en la figura de PTU o CU). Es decir, pueden ofertar títulos oficiales, con igual validez que la universidad pública, con un 70% de profesores no acreditados y el 30% restante basta con que lo esté en modalidades no PTU ni CU, más fáciles de conseguir.
¿Será correcta mi percepción de que hay una estrategia planificada de vaciado y desmontaje de la universidad pública? Reducción de presupuestos corrientes, reducción de inversión en investigación, reducción de becas y contratos predoctorales, zancadillas en la carrera académica, burocratización sin límite, impedimentos para el cambio ágil de planes de estudios… Será que me estoy volviendo conspiranoico, supongo.
Nota: hay muchísimas aristas en estos procedimientos y problemas, esto que he expuesto es una mínima parte del problema y es, por tanto, una simplificación y una visión parcial. Sólo he querido remarcar dos cosas con ello: 1) que es infame jugar arbitraria y despóticamente con las expectativas de la gente y 2) que el declive de la universidad pública es multicausal y no sólo se debe a la brutal reducción de presupuestos sino a otras circunstancias menos visibles.

06 noviembre 2017

Lectura benevolente.

Ante un duelo dialéctico se puede optar por estrategias diversas. Hace tiempo que tengo apuntado escribir una nota mínima sobre una de ellas: la lectura benevolente. Hoy me he decidido por quitarme ese apunte del medio de una vez y porque los debates (por llamarlos de algún modo) de estos meses parecen indicar que ese concepto se ha olvidado.
Imaginaos que tras una catástrofe natural leeis: “el terremoto no es el problema, el problema es la corrupción que impide que la ayuda llegue”. Ante esa afirmación cabe reaccionar al menos de dos formas. En la primera, la más inmediata, clasificamos al tipo como imbécil porque es obvio (imaginemos el contexto) que, si no hay terremoto, no hay necesidad de ayuda y la corrupción es, en este caso, irrelevante. Según esta interpretación, el autor de la frase carece de razón y de lógica e, incluso, parece estar quitando importancia al terremoto que posiblemente ha dejado cientos de muertos: encima, un insensible.
La segunda forma de lectura es diferente: entiendo que el tipo no quiere quitar importancia al terremoto y no se le escapa que es la causa principal del problema, pero quiere enfatizar que la corrupción añade daños al resultado generando una situación aún más lamentable por lo evitable. La frase original no es afortunada, pero si somos benevolentes en nuestra lectura, podemos suponer qué quiere decir realmente de forma que esa persona se salva de la descalificación instantánea.
La lectura benevolente muestra flexibilidad ante los errores de comunicación del otro y suaviza los errores de interpretación propios. Lo difícil es que hay que tener generosidad para aplicarla y eso va, frecuentemente, en contra del pensamiento fácil, de las sentencias de ejecución inmediatas, de la descalificación absoluta que reafirma nuestras ideas.
Recuerdo hace unos años en un debate en un blog donde, en cierto momento, me equivoqué en una preposición que cambió parcialmente el sentido de la frase. Mi contrincante gritó (virtualmente) feliz: ¡te pillé! ¡has dicho X con lo que te contradices de todos tus argumentos anteriores! Fue inútil decirle que no, que no sólo no había querido decir X sino que, precisamente porque contradecía mis argumentos anteriores, debía darse cuenta de que había sido un error de redacción fácilmente explicable. La lectura benevolente hubiera llevado a esa persona a admitir la posibilidad de que yo me hubiera equivocado realmente al teclear tres letras y que con pedirme explicaciones se aclararía el asunto, pero no fue así.
¿Cuál es el problema de la lectura benevolente? Que es difícil porque, obviamente, exige esa virtud escasa: la benevolencia. Admitir que esto que estoy escribiendo se puede redactar de mil formas y que todas son distintas, que algunas pueden no entenderse bien, que a veces no estamos inspirados o concentrados como para hacer del lenguaje un vehículo de comunicación optimizado, exige generosidad y algo de “respeto preventivo” al adversario. Nada que abunde hoy.

14 octubre 2017

Fotografía de monedas

Aunque la fotografía numismática incluiría formalmente otros objetos, asumiré que hablamos exclusivamente de monedas de metal, cuya historia es ya bastante extensa, con probable origen en el siglo VI a.C.
Por el tamaño de los objetos, las técnicas usadas se encuadran dentro de la macrofotografía y algunos de los problemas son los clásicos dentro de esta disciplina como la escasa profundidad de campo. Otros son específicos y derivados de la naturaleza del objeto, a veces muy reflectan-te, lo que aconseja técnicas de iluminación adecuadas.
Los objetivos de la fotografía numismática son los mismos que cualquier foto documental: buen detalle del objeto y una razonable fidelidad al color.
La imagen de abajo muestra el montaje para realizar este tipo de fotos y creo que es un comienzo adecuado para ir comentando los detalles de la toma.

Fotografiando monedas.

Cámara

La cámara que aparece en la foto es una Pentax 645Z de formato medio pero usamos también una Nikon D7000. La principal diferencia es el tamaño del sensor, que suele condicionar el número de píxeles de la imagen resultante. La Pentax tiene un sensor de 43.8 x 32.8 mm con 51 Mpx (imagen de 8256 x 6192 píxeles) y la Nikon de 23.6 x 15.7 mm con 16 Mpx (imagen de 4928 x 3264 píxeles). Lógicamente, a mayor número de píxeles, mayor es la resolución de la imagen si el objeto ocupa la misma superficie sobre el sensor. Para hacernos una idea, si una moneda de un euro mide 25 mm de diámetro, podríamos tener una resolución de 0.004 mm con la Pentax y de 0.008 mm con la Nikon, aproximadamente.
La realidad es que hay otros factores que no permiten llegar ni por asomo a este nivel de detalle: movimiento de la cámara, calidad del objetivo, efecto del valor de diafragma sobre la aberración óptica, perfección del enfoque, profundidad de campo, trepidación debida al espejo...
Uno más, no muy conocido, es el llamado filtro anti-aliasing, que incorporan casi todas las cámaras. Este filtro se incluye para reducir el efecto moiré ante patrones geométricos repetitivos pero tiene un efecto secundario de importancia: degrada la imagen. ¿Hasta dónde llega esta degradación? Es difícil localizar información técnica sobre esto, pero algo he encontrado: en la imagen siguiente puede verse un punto luminoso aislado sobre el sensor sin filtro AA (izquierda) y con filtro (derecha).

Efecto del filtro anti-aliasing en la nitidez sobre el sensor.
La imagen viene del documento How to Read MTF Curves de H. H. Nasse, editado por la Camera Lens Division de Zeiss en el año 2008. La recomendación parece obvia: si quieres un máximo detalle, busca una cámara sin filtro AA. Incidentalmente, la Nikon D7000 tiene filtro AA y la Pentax 645Z no lo tiene y esa fue una de las razones por la que la compramos en el grupo de investigación.

Objetivo

El objetivo de la imagen es un Pentax macro de 120 mm con una relación de ampliación máxima de 1:1. La calidad del objetivo es otro factor crítico en este tipo de fotografía por lo que, en su momento, se buscó uno de focal fija, macro y para el cual la cámara integra la corrección óptica automática de la imagen (aunque esto no es muy importante en este caso). Cuando se usa la cámara Nikon, el objetivo es un Tokina macro de 100 mm con una relación igualmente 1:1.
Es sabido que la aberración cromática de los objetivos aumenta con diafragmas abiertos y, por otro lado, que los problemas derivados de la difracción son mayores con diafragmas cerrados. Ambos efectos, aunque diferentes, penalizan la nitidez de la imagen. Hemos hecho pruebas fotografiando patrones muy contrastados y de bordes nítidos y hemos visto que los valores óptimos están en el rango f:8 a f:11 en ambos objetivos, aunque son perfectamente aceptables hasta f:16 (con lo que ganaríamos profundidad de campo).

Soporte

La cámara está en posición vertical sobre un soporte que algunos reconocerán como una ampliadora de las de antes. Las ventajas son obvias: no hace falta comprar nada nuevo, el soporte es sólido y la regulación de altura se hace con una manivela de ajuste bastante fino. Lo único que hemos hecho ha sido un nuevo taladro para colocar la columna en una esquina.

Iluminación

A la derecha, sobre la mesa, se puede ver un flash. No es nada muy sofisticado, un Yongnuo YN-560 II que solo tiene un contacto para el disparo y solo puede usarse en modo manual, no TTL.
La iluminación, en general, se puede hacer de bastantes formas, entre las cuales destacan los focos o paneles de luz continua y los flashes. ¿Por qué usar flash en vez de paneles LED, por ejemplo? La principal razón es la calidad de la luz; hemos medido la distribución de frecuencias de emisión de varias fuentes de luz (gracias a PJP, de física) y, como era sabido, la más plana y que cubre un amplio rango de longitudes de onda es la de las lámparas de xenón del flash. Aparte, es un trasto pequeño y manejable y cuya intensidad es regulable desde la máxima potencia hasta un mínimo de 1/128, algo que usaremos según el color y la reflectividad de la moneda.
Aunque la foto está tomada con la luz ambiente de la habitación, la toma real se realiza a oscuras (o casi) para que sea sólo la luz del flash la que ilumine el objeto. La sincronización se hace con dos disparadores Yongnuo RF-603N, uno en la cámara y otro en el flash, con lo que no es necesario usar cable.
Puede llamar un poco la atención la posición del flash y el artilugio donde está la moneda. Se trata de un sistema de iluminación denominado “axial”. El objetivo es que la luz llegue a la moneda como si se emitiera desde el eje óptico de la cámara (no valen los flashes anulares). Para ello se dispone un vidrio delgado (y limpio) a 45º sobre la moneda y se ilumina de forma que parte de la luz se refleje hacia la misma. Otra parte, lógicamente, atraviesa el vidrio y no tiene efecto sobre la foto. Hace falta otro elemento que actúe de barrera para que el flash no incida directamente sobre la moneda (un rectángulo negro de plástico que se ve entre la moneda y el flash). Esta forma de iluminar es adecuada para monedas muy brillantes. Las otras monedas se iluminan sin el vidrio y poniendo un difusor al flash pero colocando éste como si la luz llegara por la parte superior derecha de la moneda (en la foto, más o menos donde está el mando del disparador por cable).

Buscando la estabilidad

Además de estar fija en un soporte estable, se usan parámetros en la cámara intentando mantenerla inmóvil y sin trepidación. Por un lado, se usa el modo de bloqueo del espejo y se dispara, bien mediante cable, bien conectando la cámara a un ordenador.
Cuando trabajamos con la Nikon, la cámara se conecta al ordenador con un cable USB para manejarla mediante la aplicación de código abierto digiCamControl. Con Pentax esto no es posible ya que parece que sólo existe un complemento para Adobe Lightroom muy elemental solo permite disparar la cámara (nos interesa, al menos, cambiar los valores del diafragma).
Cuando no se usa el ordenador, el disparo se realiza mediante cable (puede verse en la parte trasera izquierda de la foto) en dos pasos: espejo arriba y, un par de segundos después, disparo de cámara y flash. El cable permite no tocar la cámara y evita moverla accidentalmente.

Posición y fondo

La moneda se levanta un par de cm por encima del fondo mediante un pequeño soporte para que éste quede fuera de foco. El fondo puede ser de cualquier color; a mí me gusta negro, pero hay muchas fotos perfectas con fondos blancos o grises. El problema de usar directamente un fondo negro es que en el postproceso no suele quedar uniforme y se hace necesario hacer una máscara y oscurecerlo o colorearlo. Aunque esto es posible, una máscara que separe con exactitud la moneda del fondo no es fácil de hacer, especialmente con monedas oscuras. Para solucionar el problema se puede usar, como se ve en la imagen, un fondo de un color que no esté presente en la moneda y que se llama en inglés  chroma key. Se trata de usar un color que pueda ser fácilmente aislado en el postproceso y sustituido por otro color. La máscara se hace en Photoshop con la herramienta “selección por color” y se cambia la zona pintando con el color que se quiera. Aunque la iluminación del fondo no es tan crítica como en cine, hay que asegurar que no hay sombras profundas, algo que aún no tengo bien resuelto con la iluminación lateral.

Otros factores

Como no estamos usando el modo TTL, la exposición correcta es cosa de ensayar. Las fotos se toman cambiando la intensidad del flash hasta que, más o menos, la exposición correcta coincida con el diafragma f:11. Luego, por si acaso, tomamos una serie con valores desde f:16 hasta f:8 para elegir la mejor en el proceso posterior (no siempre es evidente a la hora de la toma). La velocidad de obturación es irrelevante y usamos habitualmente 1/100 s.
Cada vez que se cambia o gira la moneda, el enfoque se hace en modo automático y, a continuación, se bloquea a modo manual para que quede fijo. Lógicamente, las fotos se toman en formato RAW (NEF en Nikon y DNG en Pentax). Finalmente, se hace una foto de una carta de colores que servirá para hacer un perfil específico de la sesión y corregir bien el color o, al menos, hacer bien el balance de grises (la carta de color está dentro del sobre gris al fondo e izquierda del tablero).

Moneda romana del emperador Tetricus I. Iluminación lateral con flash.
Moneda conmemorativa en plata, nueva y muy reflectante. Iluminación axial.

Moneda de dos euros, bimetálica y usada. Iluminación axial.


22 julio 2017

Primer recuerdo

Dicen que es imposible recordar algo que haya ocurrido antes de los tres años de edad, que tal vez se pueda cuando eres niño pero que, poco a poco, hay una línea de olvido temprano que va avanzando inexorable y va borrando los primeros recuerdos. Cuando intentamos traer esa memoria temprana al presente también puede pasar que no sepamos asignar con precisión el tiempo en el que ocurrieron las cosas o, por supuesto, que hayamos retocado el recuerdo hasta desfigurarlo de acuerdo con lo que debió ser y no con lo que fue..
Hoy sólo tengo recuerdos muy fragmentarios de mi niñez (o tal vez no he hecho el ejercicio de memoria suficiente) pero creo que el más antiguo corresponde a una situación excepcional: yo estaba en un gran barco jugando en el suelo de un salón con un par de niños. No sé con qué jugábamos pero sí que había que sujetarlo porque se iba de un lado a otro. Más tarde, mi madre me contó que eso pasó en el barco que nos llevaba a los Estados Unidos de América y que tuvo algunos días muy movidos en alta mar. Gracias a ese entorno tan específico, puedo fechar ese recuerdo a mediados del año 1960, cuando yo no había cumplido aún los tres años. De la estancia posterior en Detroit (eso he podido saberlo al encontrar correspondencia antigua en cajas almacenadas en el desván) con tíos abuelos de la rama materna me quedan dos recuerdos más. En uno estoy buscando infructuosamente algo que una ardilla había enterrado minutos antes en el jardín de la casa; en otro, estoy jugando en una calle y ante la casa hay ropa tendida y una valla pintada de blanco.
Mi documentación de inmigrante me recuerda que los que hoy somos nativos, ayer éramos extraños y anteayer unos pobres primates más o menos inteligentes que andaban dando tumbos por el mundo en busca, simplemente, de un lugar acogedor para vivir.

25 junio 2017

Cómo hacer tu genealogía

Una de mis más recientes aficiones es la reconstrucción de los árboles genealógicos familiares. Lo digo en plural porque incluyo al mío y al de mi mujer, por aquello de dejar un pequeño legado documental a mis hijos. Hoy he decidido aprovechar una novedad para hacer un mínimo guión de cómo remontarse, documento a documento, hacia el pasado, rellenando con nombres y apellidos esos nichos vacíos a los que debemos estar aquí.
Hay formas diversas de explorar una genealogía. Una de ellas, la más segura, es contratar a un genealogista. Su dominio del oficio y sus recursos ofrecerán los mejores resultados. La desventaja es que nos perdemos la diversión y la emoción del descubrimiento.
Otras formas de investigar están al alcance de aficionados como somos la mayoría de los curiosos de este tema. Antes de entrar en el tema concreto que me apetece comentar hoy, el principio de toda investigación genealógica es recuperar los registros de nacimiento que haya en el Registro Civil. Lógicamente, empezaremos por el nuestro, los de nuestros padres y los de nuestros abuelos. Este trámite se suele poder hacer presencialmente, por carta o por internet a través de esta página del Ministerio. Es necesario aportar el nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento de la persona de interés.
Lo interesante de estos certificados es que no sólo incluyen los datos de la persona sino de sus padres y abuelos y muy frecuentemente su edad y lugar de nacimiento, con lo que podremos ir remontando el árbol genealógico hacia el pasado.
El Registro Civil se instituyó de forma general en la década de 1870 (en algunos casos hay anotaciones desde 1840, ver aquí) con lo que para superar esa barrera habrá que acudir a los registros parroquiales.
Los archivos parroquiales se instituyeron en la segunda mitad del siglo XVI por orden del Concilio de Trento con lo que, con suerte, podríamos remontarnos casi cinco siglos hacia el pasado o más en algunos casos ya que había párrocos que llevaban estos libros por iniciativa propia. Los libros parroquiales incluyen nacimientos, confirmaciones, matrimonios y defunciones (ver detalles aquí).
¿Dónde consultar estos libros parroquiales? El caso es que en 1975, la Conferencia Episcopal estableció la posible concentración de “los libros parroquiales y la documentación con más de cien años de antigüedad” conservada en los archivos parroquiales, en la forma que se establezca por el obispo de cada diócesis. En muchos casos, los libros están en los correspondientes archivos diocesanos, en otros casos no, lo cual complica un tanto el acceso en función de la diócesis que nos interese.
En este punto entra al ruedo un espontáneo: la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, los mormones. Sin entrar en más detalles, los mormones crearon FamilySearch, una organización que se dedica desde 1938 a fotografiar registros de interés genealógico. Al día de hoy tienen datos de un centenar de países, con 2.4 millones de rollos de microfilm entre otras cosas. Lógicamente, la cobertura mundial es irregular porque sólo han podido fotografiar registros donde les han dejado, pero la información es inmensa.
La buena noticia es que allá donde fotografiaban los libros parroquiales y demás documentos que se les ponían a tiro, dejaban siempre una copia, normalmente en microfilm. En Extremadura, estas copias están en la Biblioteca del Marqués de la Encomienda, en el Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo. El sistema hasta el momento era pedir hora a la persona responsable (enormemente amable y colaboradora, por cierto) y acceder a unas vetustas máquinas de ver microfilm en los horarios que hubiera libres.
La segunda buena noticia es que recientemente, estos documentos de Extremadura han sido digitalizados y puestos a libre disposición en internet. El lugar es FamilySearch.org donde es posible buscar personas o catálogos de lugares. La forma de localizar qué hay de nuestro pueblo es la siguiente:

  • En la página principal: Buscar > Catálogo
  • En Lugar, escribir el nombre del pueblo; si existe algo sobre él, aparecerán opciones en la parte inferior de la entrada, por ejemplo:


  • Elegiremos la opción adecuada, desplegamos los documentos y vemos que, por ejemplo, de Zalamea de la Serena tenemos registros parroquiales desde 1715 hasta 1922, además de registros notariales desde 1621.


  • Eligiendo los registros parroquiales accedemos a una página en cuya cabecera nos indican que hay cuatro rollos de microfilm guardados en Salt Lake City. En la parte inferior de la página nos vienen ya separados los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Si el icono que aparece a la derecha es una cámara fotográfica tenemos suerte: los registros están accesibles vía internet. Si es un rollo de película, seguimos teniendo que ir personalmente a la biblioteca mencionada antes.



  • Finalmente, pinchando sobre el rollo entraremos en una aplicación con las fotos de cada página:


No es raro encontrarse con bloques de dos mil páginas por lo que, si no tenemos pistas claras de las fechas que hay que buscar, hay que armarse de paciencia e ir poco a poco pasando de página en página hasta encontrar la entrada que nos interesa y rellenar un hueco más en el árbol de antepasados. La imagen de abajo es uno de estos hallazgos, un antecesor de mi mujer llamado Juan de Dios, nacido el 4 de diciembre de 1804, hijo de Francisco Lombardo y Ana Alexos, nieto por la parte paterna de Cristóbal Lombardo e Inés Granada y por la materna de Bartolomé Alexos y María (indescifrable), todos vecinos y naturales de Campillo de Llerena.


Vereis que no aparece la edad de los padres ni de los abuelos; bueno, pues mala suerte, para buscarlos habrá que estimar un periodo razonable y mirar página a página. Algunas recomendaciones:

  • usa una pantalla grande para ir barriendo las imágenes sin dejarte la vista en el proceso.
  • la aplicación es muy buena pero se beneficia de un buena conexión a internet.
  • no te fíes de los índices y de los títulos ya que me he encontrado con cosas fuera de sitio que resultaron ser la solución al problema.
  • haz un índice de las secciones del microfilm y apunta los años de comienzo y fin de cada una de ellas.
  • hay páginas bien conservadas y con una caligrafía excelente; otras no, a veces se han estropeado, desteñido o roto y en otras ocasiones la letra del párroco dejaba mucho que desear, no tiene solución pero por suerte son un porcentaje pequeño del total.
  • cuando encuentres la página con el registro que buscas, descárgala y consérvala.
  • usa un programa específico para ir rellenando los árboles genealógicos, FamilySearch integra uno al que puedes anexar los documentos que vas encontrando. Otro excelente es Family Tree Builder.
  • haz tu árbol antes de que sea tarde, de que tus parientes mayores desaparezcan y ya no te puedan contar cosas, escanea las fotos familiares, recupera documentos... merece la pena.

18 junio 2017

Memoria grabada

Ayer tuvo 86400 segundos ¿cuántos recordáis? ¿Y del mismo día de hace un año? ¿Recordamos algo del 10 de junio de 2016? No hace falta insistir demasiado para, llevando este mínimo experimento hacia atrás en un muestreo caprichoso, llegar a la conclusión de que, redondeando, no recordamos nada de nuestra vida: 0.0%. Tendríamos que bajar al quinto o sexto decimal para encontrar la primera cifra significativa. En mi caso ni me atrevo a estimar esa posición ya que soy la antítesis de Ireneo Funes, el memorioso de Borges.
La cuestión se pone aún más inquietante cuando esos mínimos recuerdos que nos llegan ni siquiera son fieles, sino distorsiones introducidas por el tiempo y por nuestras propias sensaciones y deseos. El hecho real se perdió, nos queda apenas un montaje teatral, esquemático y sesgado, que recreamos cada vez que lo recordamos. El recuerdo, traído al presente, nunca vuelve intacto a la memoria: o se añade algo o algo se pierde, sea en el hecho mismo o en el escenario en el que se produjo. Son más lo que queremos que sean que lo que realmente fueron.
Este verano voy a iniciar un experimento mínimo. He comprado una pequeña cámara de grabación continua y pretendo usarla, ya veremos hasta qué punto, en las visitas y desplazamientos. Luego haré una selección, eliminando una parte. O no, quién sabe. El caso es que hoy daría mucho por poder rehacer un paseo por Argos, por vernos de nuevo en las cenas del verano de Nauplia o, sin ir tan lejos, volver a pasear por Pome o por Angón o descender a toda velocidad por los pedreros del Mampodre.
Es cuestión de tiempo que llevemos una cámara minúscula encima con la que amplificar la memoria, con la que fijar el tiempo que pasa. Luego podremos conservar el recuerdo o condenarlo al olvido, como hacemos hoy, sin tener otra opción, con ese casi cien por cien de lo que nos pasa. Tal vez eso, cuando ocurra, tenga un efecto secundario que podría ser más importante que la propia memoria: cuando nos demos cuenta de que borramos el 99% de lo que hemos grabado cada día por considerarlo intrascendente hasta para el recuerdo, demos más importancia al tiempo que transcurre y a aprovecharlo con experiencias dignas de ser conservadas.

Playa de Buelna, Llanes, invierno de finales de los 80.
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